La última cifra que tengo apuntada sobre el déficit de la Generalitat Valenciana sumaba 1.643 millones de euros, y es de hace un par de meses, por lo cual hoy ya debe de estar bastante más alta: en los últimos 6 meses ya había crecido en 600 millones. Esta cifra, ya de por sí respetable (significa que de cada diez euros del presupuesto, uno es gastado en pagar deudas) es más preocupante por dos motivos: porque en su mayor parte se ha generado en una etapa de crecimiento económico y porque, además, se produce en un contexto en el que la Generalitat está dejando en manos de terceros la gestión de muchos servicios esenciales. Por otro lado, en el sector de las infraestructuras públicas lleva años usándose el llamado “sistema alemán” o de peaje en sombra, en el que a cambio de ceder la explotación de una infraestructura la entidad pública asume una deuda durante varias décadas. Y tenemos en marcha una operación empresarial en Castellón para abrir un aeropuerto de dudosa rentabilidad.
El hecho de llamarlo “sistema alemán” parece dotarlo de la seriedad que parecen revestir todos los asuntos teutónicos. Lo que no se dice es que se trata de un sistema que se usó para atender una situación de excepción nacional (la unificación alemana), cuando aquí lo hemos convertido en norma, y además en años de vacas gordas.
Esto viene a cuento de que hoy anuncia Francisco Camps que se busca capital privado para acabar y explotar las nuevas líneas de metro.
La privatización de las redes ferroviarias de cercanías tiene ejemplos de ser un ejercicio peligrosísimo de irresponsabilidad política. En Estados Unidos, tras la segunda guerra mundial se produjo un proceso similar que condujo a que las compañías automovilísticas, las de transporte por carretera y las constructoras adquiriesen las acciones de los ferrocarriles privatizados y se dedicasen a desmantelar la red ferroviaria estadounidense que, sólo recientemente, ha vuelto a revivir. La demanda de transporte se trasladó, lógicamente, a la carretera, cuya construcción y mantenimiento correspondía a los poderes públicos. Además de convertirse en un pingüe negocio, esta decisión conformó el modelo suburbano norteamericano que hoy nos es bien conocido: ciudades dispersas sin esencia cívica y unidas por redes interminables de carreteras. Una descripción amplia se puede consultar en la obra de Eric Schlosser “Nación Fast-Food”
El otro ejemplo es el desmantelamiento subsiguiente a la privatización del ferrocarril en la década de los 90 en Argentina, y de la que da cuenta la película “La Próxima Estación” (2008) de Pino Solanas. Explica cómo decenas de pueblos que quedaron aislados se convirtieron en pueblos fantasmas; la saturación de las carreteras provocó un aumento de 8000 nuevas víctimas en accidentes de tráfico; tuvo lugar un éxodo masivo a las grandes ciudades con creación de enormes bolsas de pobreza urbana; los asaltos y actos vandálicos se hicieron pauta frecuente, y así un larguísimo etcétera de esos “efectos colaterales” que rara vez somos capaces de vislumbrar cuando sacamos pecho, orgullosos, ante la perspectiva de que una vez más seamos sede de la America’s Cup.















