Entrega I.- Florentino: Tinín para la familia y Floro para los amigos

Si para algo sirven los modelos estereotipados es para no perdernos en matices y florituras que nos desvíen del objetivo inicial. Hablar de
Florentino Pérez supone de por sí un ejercicio
“sin matices”, porque todo lo que hace y lo que representa carece de ellos -nos gusten o no las formas y el resultado -. Su estilo atrae tanto porque se alimenta de esa cualidad tan nuestra como es la de admirar a aquellos capaces de
llegar a lo más alto gracias al esfuerzo de otros, sin haber movido otro músculo en su vida que el del saber estar en el sitio adecuado en el momento justo.
Florentino no es ni más ni menos que un ingeniero de caminos cuyos inicios profesionales se entremezclaron con la política –
fue concejal del Ayuntamiento de Madrid con la UCD- y al que el varapalo político de apostar por el PRD de Roca Junyent, le propinó el golpe de gracia que le permitió empezar como un empresario prometedor gracias a las
“importantes” amistades conseguidas a través Miguel Roca; y seguramente, después de la decepción al no haber conseguido ni un escaño en 1986, se le escucharía decir como si de Scarlett O’Hara se tratase:
“Juro por Dios que seré presidente del Madrid”.
Cuando
Tinín accedió a la presidencia del Real Madrid, lo hizo gracias a la
compra “de su bolsillo” (o de la familia March y los Albertos según algunos) del jugador emblema del
Barça en ese momento:
FIGO, con ese movimiento mató
dos pájaros de un tiro: se deshizo de Lorenzo Sanz y dejó tocado al rival catalán.
Sin embargo esto fue solo el principio, luego llegó la política ¿deportiva? de liquidar el deporte de base y fichar a
guapos, glamurosos y carísimos deportistas que se pagaban a base de
contratos millonarios de publicidad, por los que el club se obligaba a alinearlos semana tras semana, en aras del espectáculo rosa y en detrimento del deportivo, y como esto no era suficiente para tapar el agujero, apareció en escena el
PELOTAZO de rigor, el ardid que permitió que
Tinín multiplicase por ocho su fortuna personal después de su paso por Madrid (por no hablar de la de los miembros de su entonces directiva).

La ciudad deportiva del Madrid en el año 2000 se encontraba en el
Paseo de la Castellana, y aunque desde diversos frentes ya se había planteado con antelación la estrategia al Ayuntamiento y a la Comunidad de Madrid, sólo un hábil conseguidor, bien relacionado con la administración fue capaz de culminarla, ese fue Florentino. Su mérito:
convencer a la administración que un suelo deportivo (esto es, dotacional) se convirtiese en terciario (esto es, oficinas), y que un suelo rústico (esto es, agrícola) se convierta en deportivo. Esta operación le permite primero comprar suelo barato que cubra las necesidades el club, segundo vender suelo muuuuuuuuuy caro en la antigua localización, y por último generar caja para que todo le salga gratis y además poder pagar a las estrellas galácticas.
Entre medias de todo esto, está la venta de los terrenos, la realización de
cuatro proyectos faraónicos que han saturado de un plumazo del mercado de oficinas en Madrid, y eso que aún no hemos dicho que
el negocio de Tinín es el de la construcción (y el de algunos de sus directivos en aquel momento).
En una
biografía reciente le llaman
“el conseguidor” -y seguramente sea así- pero lo que me interesa de esta cualidad entrecomillada son los
efectos colaterales que en la sociedad tienen las actuaciones de estos perfiles de
triunfadores que no aportan nada al crecimiento colectivo (ni cultural, ni económico, ni siquiera calman el espíritu), y quienes al final pagan son el resto de los mortales.
En el
último episodio conocido de Florentino la historia se repite,
Tinín se nos vuelve a aparecer como el nuevo Mesías salvador, de nuevo la afición y la prensa madrileña le recibe como a
un héroe, y de nuevo vemos la compra estrellas fugaces a golpe de talonario. Se rumorea que sus planes son
hacer otro “negocio”, esta vez con el
Santiago Bernabeu como protagonista, aprovechando las posibles olimpiadas y las necesidades de modernas instalaciones.
La afición ya no recuerda porqué y como dimitió la última vez, pero los niveles de ruina económica que pesan sobre el club no presagian nada bueno y seguramente, si van en contra de algo o de alguien,
será en detrimento de los socios. Sólo se necesita
llevar a la quiebra al club, que una vez en ruina se convierta en sociedad anónima y dé la posibilidad, a la rapaz de turno, de
hacerse como máximo accionista del club pagando cuatro duros, ejemplos en la liga no faltan: Lopera, Soler, etc.., se puede caer en la tentación de pensar que nuestro
“conseguidor” es el más listo,
le apoyan entidades financieras, una de las cuales se quedó con alguna de las torres de la imagen, pero en este juego hay
demasiadas variables, la situación ha cambiado mucho desde el año 2000 y aunque el escenario es el mismo, el guión lo escriben muchos otros, no es pues momento de frivolidades.
La cuestión es
¿pierden sólo los clubes y los socios, o pierde también alguien más? En una entrega próxima más.